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lunes, 18 de mayo de 2009

Retazo

El pequeño cuarto de la fotocopiadora, reducto intelectual de la maquinaria del estudio, era el cobertizo dentro del búnker donde nos refugiábamos del mundo. Como un taller en mitad de un museo, en el tabuco industrioso de la copiadora se daban cita propósitos nobles, apropiaciones delictivas y penitencias académicas, de lo que nos ha quedado esa idea del cuartillo como confesionario múltiple y multitudinario. Nos divertía el tráfico del cuartillo por congregar alternadamente al estudiante de última hora y al investigador eterno, enfrentándolos en un duelo de tintas automáticas y chirriantes en los que ambos solían ser derrotados por la máquina falible y rumorosa.

Hasta que una mañana entré yo al estrechísimo departamento, movido por preocupaciones lingüísticas, deseoso, quizá, de derramar el lenguaje, de verlo correr y propagarse por efecto de mi mano, si no de mi escritura. Y allí estabas, musa estacional, peleando quedamente con la máquina, la cascada de negros de tu pelo contra el cromatismo pobrizo de la fotocopiadora, tu piel blanca bruñendo el metal fluorescente de luz del cuartillo. Ya te ibas, claro, pero volviste para advertirme sobre la rebeldía de la copiadora, a veces corta la página, prueba por si acaso, y en aquel plazo brevísimo nos encontramos respirando una intimidad abuhardillada y fugitiva, audaces pobladores de un refugio inventado, a salvo de la precariedad del entorno, tejedores íntimos del tapiz del día, desconocidos acérrimos conjurando ante la mirada reciclable del papel...

Pero el refugio, la ensoñación y el combate acabaron pronto, y al final lo que había era una fotocopia infructuosa blandida, sin quererlo, como símbolo de una victoria/derrota efímera y absurda. (Con el siguiente usuario se cancelaba al fin todo el misterio y volvía la lobreguez a inundar la masa como orante de la biblioteca).

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Piezas sueltas

7/6/2008
En tus retratos de última hora, en los que me distraigo de mí con el placer del abandono, creo haber descubierto un fenómeno distinto, dentro y fuera de la naturaleza. Por vez primera, ya estoy seguro, ha ocurrido el préstamo insólito de ser tu rostro el que ilumine al sol, para evitar así, sólo entre los dos, dejar la tarde a oscuras.


10/3/2007
El día de tu boda podría ser, quizá, mejor recordado por los asistentes si en efecto sonara la canción de esta tarde. Emocionaría sin duda a unos y a otros, a buen seguro contribuiría a reforzar la mágica solemnidad de la ocasión, constituiría un original y hermoso ornamento. Pero tales sensaciones habrían de ser experimentadas por los invitados, por tus familiares, por ti... Mas no por el novio. Porque existe un umbral más allá del cual la sensibilidad humana no acepta nuevos estímulos; hay un estadio desconocido en el que al caudal del alma no le es dado ensancharse y recoger todo cuanto hacia ella se dirige. Y en el instante en que el futuro esposo te viera aparecer en la iglesia, enjalbegada y radiante, en ese preciso segundo, la música dejaría de mecer sus oídos, como si en realidad hubiera cesado, y así los bancos se le antojarían desiertos y la estancia huera de todo fausto, pues del mismo modo que no puede hablarse en varios idiomas simultáneos, no es el hombre capaz de percibir tu rostro en el clímax de su resplandor y atender a un tiempo a razón distinta.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Solicitud de baja

Quisiera unas vacaciones de mí, una distracción duradera de mi pensamiento, cercar mi yo mediante espesos valladares, perderme, al fin, de vista.

Ser diferente, verme desde otra parte, ser toda la alteridad que me rodea, sustanciarme en la irracionalidad del paisaje, convertirme en infinitud transitable, en sendero oculto donde repostara el tiempo. Ser destino sin viaje.

Sobre todo no ser ya lo que acostumbro, burlar la idea cartesiana y consistir en no pensar, ser el escenario inerte donde ocurre todo. Dejar que mi vida encarne en otros, que sean otros los figurantes que jamás sobresaldrán, y asistir yo al error de los que apuntan, al clímax de las tragedias, guarecido en la anónima paz de la inconsciencia.

Ser todo esto sin saber que lo soy, sin notarme huido de mí mismo: dejar, sin negligencia, que se confabulen en mi yo lejano todas las causas del cataclismo, y entonces...

sábado, 26 de julio de 2008

Extravío largo

Esta idea recurrente, que como casi todo en mí suele adquirir forma melancólica, no sé si es la misma que atormentaba o fascinaba a Ricky Fitts en American Beauty. Puede ser, incluso, que no tenga nada que ver, pero me extrañaría que así fuera. Dije idea, pero quizá hubiera sido mejor decir sensación, o reflexión acerca de la sensación, pues es en lo sentimental donde anida el objeto de esta nota, y sólo se eleva pobremente hacia el intelecto mediante la meditación (lastimera).

La belleza se me escapa. Tal es la dolorosa percepción de la que quiero hablar hoy. Ahora bien, ¿qué belleza? ¿Es que pretendo hablar de la Belleza, con mayúscula, como Idea platónica? ¿Es la belleza de las cosas, la anónima belleza de un paisaje?

Digamos que algo hay, algo de vanidad filosófica, en lo que quiero decir. Lo que denuncio ante la pantalla en blanco —víctima azarosa, pues nadie salvo yo puede tener culpa en todo esto—, es que la poca belleza que tuve y la mucha que he visto desfilar, a veces muy de cerca, se me ha perdido ya, o se me desperdiga en confusos hilvanes, a cada paso, en los intersticios del tiempo y de la retina. No es sólo de la mujer de lo que hablo, sino de la mujer como belleza, como origen de arte, como muestra cotidiana y acuciante de que hay belleza en este mundo. Hablo de la mujer como condición y como excusa para ratificar la idoneidad de la vida.

Mucha de la angustia (ciertamente freudiana) que me mueve a escribir esto ahora, tiene una relación directa con el simple paso del tiempo —«ese sempiterno desencantador que es el tiempo»—. El tiempo en cuanto que envejecimiento, doblemente heridor puesto que nos arrebata progresiva pero firmemente nuestra belleza y la de nuestro alrededor, al mismo tiempo que nos hace más sensibles a su pérdida. Así, la belleza del primer beso, por ejemplo, una belleza demasiado joven, demasiado vieja, tan difícil de determinar ahora, pensándola, recreándola; e imposible volver a experimentarla. (La terrible conciencia de los besos primeros que se dan dondequiera, ajenos a nosotros, por siempre inaprehensibles). O la misteriosa belleza de la adolescencia, tránsito agreste, páramo convulso de atracciones y desconciertos.

También las bellezas concretas, físicas, en mujeres que pasan de largo o se quedan un rato en nuestra biografía, con cualquier excusa —excusa a cuya creación, a veces de la nada, contribuimos con esfuerzo—; musas de un mes o de un instante, que recogemos con la parcialidad crudelísima de una mirada asimétrica (la nuestra sólo, no correspondida) y aquilatamos como un destello único del sol del día.

¡Cuántos amores he querido construir de veras y cuántos he soñado vivir, sólo a partir de una sonrisa fotografiada furtivamente con la cámara de la sensación! ¡Cuántas historias, pues, he perdido al no hacer realidad ninguna de ellas! (Esta pérdida, que no sé si es real o es fingida, se me antoja, sin embargo, tan plena, que no se ajusta a la «hecatombe de posibles» bergsoniana, pues a menudo parece que barajamos imposibles).

Todo esto se me pierde, incluso ahora, por entre las teclas inexpertas. Ni siquiera puede mantenerse la belleza del anhelo, porque de nuevo el tiempo le va añadiendo odiosas connotaciones, desprendiéndole lo ideal y afianzando lo violento, quedando la añoranza en mera excitación. Se pierde a un tiempo la belleza y la capacidad cierta de sentirla. Queda el rescoldo —acaso una imagen cenicienta— y la angustia inconexa. Como un álbum de antiguas fotografías, reveladas cada día.


(Coda: «He vivido como si estuviera ciego. Como ciego. Hoy he comprendido por primera vez que existe la belleza. Y que se me ha escapado». Jakub, personaje de La despedida, de Milan Kundera [trad. de Fernando de Valenzuela]).

domingo, 20 de julio de 2008

La timidez, sospechosa

En su maravilloso Libro del desasosiego, Fernando Pessoa habla muy brevemente de la timidez, y, para mi sorpresa, la relaciona estrechamente con... ¡el orgullo! (Sé que este blog no ha llegado a la pubertad y ya contiene dos referencias al genio lisboeta, quizá pecando de monotonía, pero se le mencionará las veces que considere necesario, porque él lo valía).

Pues bien, por lo visto, la timidez vendría a surgir de la incomodidad que nos produce mostrarnos ante los otros, temiendo que piensen que somos peores de lo que en realidad somos. Es un pudor, virulencias aparte, nacido del orgullo, protector de la autoestima, no sé. (Huelga decir que los tímidos, para mí, no son aquellos que así se declaran «aunque no lo parezca». Porque ser tímido es, ante todo, un parecerlo, y acaso esté ahí la clave: lo que hay, primeramente, en el retraído es una apariencia de distanciamiento forzado o forzoso, que no tiene por qué corresponderse con el sentimiento de esa lejanía. Se es tímido, fundamentalmente y con mayor violencia, al principio, cuando sólo la apariencia ha entrado en escena).

De modo que, cuando rehúyo entrar en según qué bares estridentes, en compañía de personas que desconozco, tengo que pararme a reflexionar si soy yo el inadaptado o son los otros, presas de mi orgullosa reserva. Todo esto estaría muy bien si uno llevara con mayor elegancia los hábitos de la soledad, y pudiera entrar, como en un filme, sentarse a la barra con un ejemplar de El ser y la nada bajo el brazo, y pedir un whisky doble, con hielo, como si tal cosa. Podría uno, tirando del hilo cinematográfico, congregar las miradas de jóvenes estudiantes de ingeniería, que sintieran un vivo impulso por adentrarse en la letra sartriana —valga el ejemplo— de la mano de un conocedor independiente y nocherniego. (Menos mal que Fernando Savater nos advirtió recientemente de que los filósofos tienen un siniestro récord de castidad, parece que no deseada en absoluto).

Pues no termino de aclararme con la prosa sublime de Pessoa, tal vez porque, en realidad, me gusta mucho lo que dice por cómo lo dice. Supongo que, al final, todo es cuestión de estilo.

domingo, 13 de julio de 2008

Extravío breve

Tu opacidad no tuvo nunca que ver con los destellos de oscuridad que te circundan, aleteando en la noche, iluminando en negro tus devaneos remunerados. Siempre te me presentaste con una vulnerabilidad velada, desenfocada de ti misma, adumbrada en exceso. Pero ese misterio huidizo, este hondón de noche que te aureola en lo callado, no tuvo nunca la virtud de la fascinación. Sólo temor entre sonrisas que venían siempre a cuento de no sé qué.

Vas y vienes, y hay un torpor del aire que, una vez más, me impide descifrarte. Vas y vienes, al compás de la noche, alternada entre impulsos de un latido impersonal y arcano, y entre los dos construimos un rimero de palabras inútiles, vacías incluso de su propia banalidad. (Eso hemos hecho siempre: amontonar oquedades cariñosamente).

Me pregunto si los otros, en quienes te diseminas en vértigos de alcoholes diversos, adivinan en ti ese rocío ignoto, esa extrañeza que te perla con gotas mínimas de confundidora penumbra; le pregunto a la luz adormecida si fue ella quien te esculpió orgullosa en la noche, con jirones calculados de ternura.

Llego a casa enrarecido, rídiculo, ensalitrado, como de vuelta de un naufragio imaginario. Me contentaría con odiarme por haberte visto, pero, en lugar de eso, me compadezco por saber que volvería a hacerlo.

jueves, 10 de julio de 2008

Vivir

Creo haber llegado, desatento, leyendo en mis propias concavidades, a una conclusión metafísica: crecer, madurar, hacerse viejo, vivir, no es sino un cambio en la perspectiva. Y dicho cambio consiste, fundamentalmente, en el tránsito desde una visión despreocupada —o brujuleante entre lo que se estima como preocupaciones— hacia una percepción sumamente problemática de la propia existencia. (Décadas atrás, Dale Carnegie vino a sintetizar, con gran éxito, esto que digo, señalando dos hipocentros: el trabajo y la persona con quien compartir nuestra vida).

No sabría decir si el panorama, cuando uno se da cuenta de que hay que vivir y no sólo ir tirando, o ir muriendo, se ensancha o se oscurece. Lo cierto es que el tamiz numeroso de las complicaciones nos torna como en pesimistas accidentales, quizá calculadamente, por ver de recibir luego con mayor entusiasmo las alegrías que toda vida depara.

Así, pues, meditando sobre la necesidad de vivir propiamente, me sobrevienen saudades diversas, melancolías de lo por venir, y recuerdos que siempre encarnan en sonrisas extraviadas —porque la biografía se cuenta, con un cómputo cualitativo, por las mujeres a través de las cuales uno se vive a sí mismo—. Y es un fastidio reflexionarse soledoso, dado que viene a confirmarnos nuestra hipótesis de partida: somos un tembloroso conjunto de preocupaciones y problemas proyectados.

Vivamos: es el único remedio.

viernes, 4 de julio de 2008

Lo cotidiano

Me parece que conviene, como hábito existencial, esforzarse en las pequeñas cosas que los demás no ven. Claro que habrá que esmerarse en muchas otras, pero me interesa precisar aquí el denuedo habitual: ¿cómo labrarse una cotidianidad fructífera?

Laborar calladamente, mejorarse con vistas a dar mejor imagen. No contar los progresos sino haciendo que se noten, haciendo mientras se notan. Pero, ¿cómo se trabaja la personalidad a espaldas de los demás? ¿No es precisamente con ellos como verdaderamente mejoramos?

Lo que yo sé y siento es que mi imagen no varía; sólo adquiere tonalidades de sepia. Y todo lo que no mejora... empeora.

jueves, 3 de julio de 2008

Lo trágico

Pessoa tiene escrito en alguna parte algo así como que lo trágico de esta vida consiste, precisamente, en no poder ser trágicos. Y no podía tener más razón. Porque a uno, las cosas grandes no le dan para lo épico, del mismo modo que las malas no alcanzan dimensiones de tragedia. El resultado es una mediocre estabilidad, en palabras de Risto Mejide.

Sólo el hecho de que la reflexión acabe nombrando a este personaje da una idea de la idea que quería transmitir.

Pues eso.